LA CARRETERA

 

"Cuando volvemos a la vida después de un desmayo, pasamos por dos momentos: primero, el del sentimiento de la existencia mental o espiritual; segundo, el de la existencia física. Es probable que si al llegar al segundo momento pudiéramos recordar las impresiones del primero, éstas contendrían multitud de recuerdos del abismo que se abre más atrás." – Edgar Allan Poe

source: Ryan Mc Ginley

Era un buen día para desmayarse. Un día bastante insulso. Mientras ella cantaba, no sentía más mis piernas. Me gusta cuando cantas le dije. Seguía cantando. Me gustaba cuando cantaba porque ya no notaba su desgarro. Su canto era liviano y alegre.  La escuchaba observando como el sol pintaba con sus rayos el espacio entre el cielo y el coche. Parece que estuviéramos atravesando un túnel de la muerte, dijo, como si hubiera leído mi cuerpo. Hacía un rato que no sentía mis piernas. Sobretodo las rodillas. Tan ausentes que había empezado a enfocar mi atención en ellas en vez de la carretera. No obstante, la carretera se había calmado. Sus curvas eran ya largas y suaves. Pero sentía el mismo vértigo que arriba por la montaña.

– Mi vértigo, cuando manejo, consiste en tener que alejar la mirada de lo inmediato. Hay una cierta necesidad de la previsión y concentración que me marea. El mareo consiste en un lento silbido seguido de un silencio mantenido. Y es justamente adentro de este silencio que empiezo a ver mi cuerpo flotar. Floto por encima de la carretera. El paisaje se convierte en un decorado de teatro hecho de papel y todo, absolutamente todo, respira una extrema fragilidad. Esta perdida de la realidad prolongada me lleva al desmayo. El vértigo es mi alarma. El punto de inflexión entre dejarme seducir por el mareo que sutilmente me lleva al desmayo o despertarme brutalmente.  Como entenderán, hay algo muy sensual en el dejarse llevar por las mareas sensoriales. Resistirse y rechazar aunque sea por dos segundos este mundo paralelo requiere mucha determinación. –

Acto seguido estaba en el suelo, al borde de la carretera. Sé precisamente que si en este momento pido a la persona que me acompaña que me pegue, no lo hace. Por lo cual me suelo pegar sola. En este caso lo estaba haciendo bajo la mirada perpleja de mi compañera de viaje. Tengo un control tan estudiado de mis desmayos que en pocas ocasiones interviene la persona que me acompaña. Es un momento fugaz. Para tener una idea más concreta, imagínense a una mujer caminando con tacos altos, de repente tropieza, se tuerce el tobillo, pero sigue caminando.

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Mientras leía: Amère Volupté de Yamada Eimi

Fotografía: Ryan Mc Ginley